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Montsegur

Publicado: por Kordo en Etiquetas: ,
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Cuando uno es joven y empieza a descubrir la Historia, ya sea por estudios o por afición, se encuentra con pasajes de la misma que te atrapan desde un principio y ya no te dejan escapar de por vida.
Uno de estos momentos lo viví cuando conocí la historia del Catarismo, de los 'Bons Hommes', su doctrina, y como fueron erradicados de forma tan cruel y abyecta.
Su heroica resistencia en el Castillo de Montsegur en 1243 ante el asedio de las tropas del rey Luís IX de Francia, y con el beneplácito interesado del Papa, durante 10 meses, fue toda una epopeya que, inevitablemente, hace que sientas admiración a la vez que compasión por aquellas personas que sufrieron tan terrible asedio, y que ya sea por sus valores, creencias o fe, no dieron su brazo a torcer y resistieron valientemente en su fortaleza.

Fue hace pocos años, aprovechando una escapada turística a la ciudad medieval de Carcassone, cuando aproveché que estaba en las míticas tierras cátaras para acercarme a hacer realidad mi viejo sueño de asaltar el legendario e inexpugnable bastión cátaro.
Madrugué un poquito para estar en Montsegur a primera hora, ya que mi intención era pasar allí toda la mañana, comer, e inmediatamente poner rumbo a otra localidad un poco más apartada, pero que no podía dejar de visitar por su particular Historia, Rennes le Chateau.
Tras muchas curvas, y un paisaje espectacular, fui llegando a Montsegur. Con un ojo en la carretera y otro en la silueta de la fortaleza que ya asomaba a lo lejos, iba emocionándome al ver llegar tan mítico lugar.
Aparqué el coche en el pequeño lugar habilitado para las visitas, apagué el motor y salí del coche. No me había fijado durante el trayecto de la temperatura que marcaba mi vehículo, pero, a pesar de que brillaba el sol, el frío era terrible. Era el mes de Noviembre, y en aquella zona, ya prácticamente pirineo francés, el frío era cortante a esa hora de la mañana. Calculo que rondaría los 0 grados.

Alcé la vista y admiré el Castillo. O lo que queda de él. Es como una ruina en lo alto de un tumulto rocoso que a la vez corona la cima de una montaña. Es una combinación curiosa que no había visto nunca.
La fortaleza lo domina todo desde su posición. Enseguida te das cuenta porque no consiguieron tomarla nunca. Nadie ni nada puede subir hasta ella sin ser visto.
Miré alrededor y, observando los verdes prados, me imaginé los 6000 soldados allí acampados, con sus tiendas esparcidas por todo el campo, el relinchar de los caballos que aguardaban a que sus jinetes entrasen en acción, y a Hugues des Arcis, encargado del asedio, mirando pensativo hacia la fortaleza preguntándose como podía hacerse con ella.
Me abrigué bien y me dispuse a escalar la montaña. Comencé a caminar y fui entrando en un bosque que es la antesala de la montaña. Cuando llevaba un rato andando y poco a poco se iba haciendo más acusada la pendiente hacia arriba, en medio del tupido bosque, apareció una pequeña caseta de madera en mitad del sendero, y con un hombre en su interior. Era el taquillero que cobraba la entrada por visitar el Castillo. La verdad es que me sorprendió un poco. No porque cobrasen por visitarlo, sinó por donde habían colocado la taquilla. Uno piensa que lo normal hubiese sido colocar la taquilla a los pies de la montaña, en el inicio del ascenso, o en su defecto arriba del todo, junto a la puerta de acceso al Castillo. Pero no. Estaba allí, escondido en mitad del bosque, donde la gente, jadeando aún por la subida, pagaba la entrada, cogía un poco de aire, y seguía ascendiendo montaña arriba.
Tras dejar atrás el bosque y a unos cuantos visitantes ahogados, llegué a la zona rocosa de la montaña, donde, tras saltar de piedra en piedra y trepar un poco, la entrada a la fortaleza apareció ante mis ojos.
Tras subir unas escaleras de madera que te situaban frente a la entrada, accedí al castillo.


Lo primero que me llamó la atención al entrar dentro fue lo pequeño del lugar. Allí dentro el espacio es mínimo, y más teniendo en cuenta que, en sus tiempos, dentro había pequeñas construcciones como viviendas, cuadras, almacenes,etc, que hacía el espacio común aún más pequeño si cabe. ¿Como pudieron vivir allí 500 personas durante 10 meses, sin salir de aquellos muros, en tan poco espacio, sin apenas víveres, y siendo asediados continuamente? Increible.


La torre del homenaje no tenía acceso al patio principal, por lo que tuve que acceder por otro lugar habilitado para ello. En sí, la torre era como otro recinto amurallado dentro del castillo, donde podían refugiarse en caso de ser tomada la fortaleza. Aún se podía ver la cisterna y el ambiente era aún más claustrofóbico todavía.

De vuelta al recinto principal salí por una pequeña puerta que hay situada en el muro trasero. Aqui, en el poco espacio que quedaba, había restos de pequeñas construcciones, que sin duda serían bien aprovechadas dada la escasez de espacio vital entre los muros.

Más allá de estos pequeños restos no hay nada. Sólo barrancos y precipicios. Lugares donde un traspié te puede llevar a una caída de cientos de metros rebotando de piedra en piedra.

De nuevo dentro del castillo, empecé a mirar alrededor. No me quedaba más por mirar. La verdad es que hay poco. No queda prácticamente nada en pie que puedas explorar profundamente.
Así que ya me disponía a marchar cuando una idea me vino a la cabeza. Esa idea podía suponerme la mejor foto que podía llevarme de Montsegur, pero era arriesgada y estaba prohibida.
Unas escaleritas trepaban por el lateral de unos de los muros y llegaban hasta lo alto. Si subía hasta allí podría hacer una foto panorámica de todo el recinto. Igualita que la que la típica foto aérea que sale en todos los libros.
Así que tras mirar a un lado y a otro y ver que (casualmente) no había nadie más allí dentro conmigo, me encaminé hacia las escaleras. Una cadena impedía la subida por las mismas, con un cartel que recordaba que estaba terminantemente prohibido subir por ellas (imagino que diría eso, no sé francés).
Así que, haciendo bueno aquello de: más vale pedir perdón que pedir permiso, puse cara de turista despistado, y salté la cadena como el que no quiere la cosa.

Fui subiendo deprisa, con la intención de hacer las fotos lo más rápido posible y bajar corriendo antes de que me pillase alguien. Pero conforme llegaba al final de las escaleras iba frenando al ver lo que asomaba en lo alto del muro. Allí arriba, la caída era la más vertical que había visto en todas las paredes del castillo. Abajo podía ver las casitas en miniatura del pequeño pueblo de Montsegur. 
Estaba encaramado en lo alto de un muro en ruinas, de dos o tres palmos de grosor, con un caída libre a mis espaldas de cientos de metros, y yo, tratando de enfocar con la cámara para hacer una foto. Un mal paso y no lo contaba.

Todo fue bien afortunadamente. Conseguí la foto y bajé sin contratiempos. Aún así no estaba tranquilo. Sabía que no había vigilancia dentro del castillo, ni cámaras, aún así, mi estampa en lo alto del muro, de pie, haciendo una foto del interior de la fortaleza se podía haber visto a kilómetros de distancia. Me dije: espérate tu que en el pueblo no me pregunten si era yo el loco suicida que estaba allí subido. Tuve suerte. Nadie me dijo nada.
Una vez abajo, me detuve en el 'Camp dels Cremats' a contemplar la Estela que recuerda los 200 cátaros que defendieron el castillo y que allí fueron quemados tras negarse a abjurar de su fe.

Volví a coger el coche para dirigirme al Museo de Historia y Arqueología de Montsegur. Yo, por haber visitado el castillo no tenía que pagar nada, ya que entraba en el precio de la entrada a la fortaleza, que si no recuerdo mal fueron 3 euros. No era caro.
Una vez dentro, miles de objetos y enseres relacionados con los Cátaros poblaban el museo: armas, herramientas, vasijas, etc...
Quizás lo más curioso eran estas maquetas que representan el antes y el después del bastión cátaro. Con lo que podías hacerte una idea de como era el castillo en la época del asedio.

Pero sin duda, lo más llamativo e impactante del museo, eran los restos de dos esqueletos cátaros encontrados en las inmediaciones del castillo, y que habían sido abatidos con flechas. Quien sabe si intentando escapar de la hoguera que les esperaba abajo.

Tras abandonar el museo e ir a comer a un pequeño restaurante, enfilé la carretera de salida de la localidad.
Atrás dejaba Montsegur y el bastión inexpugnable de los Cátaros. La fortaleza me despedía desafiante pese a los años transcurridos y sus muros deteriorados. Su hazaña la contempla, y orgullosa se muestra a quienes van a visitarla. Los años pasan, pero la Historia la hacen eterna.


Cuenta la leyenda, que los Cátaros, como custodios del Santo Grial entre otros muchos tesoros, escondieron la tan preciada reliquia en una de las innumerables cuevas que perforan las entrañas de la montaña durante los días previos a la rendición. Desde entonces, infinidad de exploradores y aventureros han intentado infructuosamente dar con el tesoro. ¿Quién sabe lo que nos deparará el futuro?
Lo bonito de Montsegur es que, con leyenda o sin leyenda, su Historia es heroicamente apasionante.

El Camino de Santiago: Una Maratón sin dorsal.

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Bueno, aunque tarde, ya he disfrutado de mis merecidas vacaciones y vuelvo a la dura realidad (cada vez más).

Y, este año, no han sido unas vacaciones de turismo y relax en algún destino de estos de ‘todo incluido’ en el que te pones hasta las orejas de todo y te pasas el día tumbado en la hamaca torrándote al sol. No, ha sido más bien todo lo contrario.

Este año me he ido a hacer el Camino de Santiago. Antes he de aclarar que no lo he hecho entero, ya que sólo disponía de 15 días, por lo que he ido hasta donde los pies me han llevado, que ha sido hasta Burgos. Unos 260 Km desde Roncesvalles, mi punto de partida.

Y bien, qué quieren que les diga. Me he vuelto con un sabor agridulce del mismo. Quizás porque todo el mundo habla maravillas de él y luego te encuentras la cruda realidad. Quizás porque soy un romántico y pensaba que el camino era un viaje donde la verdadera esencia estaba en el mismo camino y no en su meta. No lo sé.

Ya desde un principio, y nada más salir de Roncesvalles, parece como si alguien dijese aquello de: “¡tonto el último!” Porque a partir de entonces, todo se convierte en una carrera para ver quien llega antes al final de etapa.

Etapas que –igual peco de blandito- son bastante duras en cuanto a kilómetros. Por lo que no me extraña (a la vez que me hace sentir que algo de razón llevo) que más tarde en los albergues te encuentres a infinidad de peregrinos curándose las ampollas, poniéndose tiritas para las rozaduras y echándose cremitas para relajar los castigados pies. Total, que aquello parece más una sala de curas que otra cosa.

Y si algún aliciente tiene, creo yo, esto de hacer el camino es ver y conocer los pueblos por donde pasas. Empaparte de su historia (que no es poca), visitar sus monumentos, catar su gastronomía, hablar con la gente, etc. Pero eso se convierte en misión imposible cuando, derrotado, llegas al albergue, te duchas, y los pies te dicen que ya está bien por hoy. Que lo mejor será que te eches en la cama. Que leas, escuches música, duermas o lo que quieras, pero que de visita turística nada. A riesgo, claro, de que no puedas llegar a tu destino el día siguiente.

Aún así, al día siguiente, en cuanto te vuelves a calzar las botas, te acuerdas del día en que se te ocurrió meterte en semejante aventura. En mi caso tengo a quien echarle la culpa. Pero bueno, ese es otro tema.

Lo peor son los primeros días. Ya que los que no somos muy andarines (y al parecer la mayoría) es cuando nos salen las ampollas y demás heridas en los pies. Luego ya se te van haciendo un poco y vas aguantando mejor las etapas.

Un día, llegando al pueblo navarro de Azqueta, nos recibió en la entrada del mismo Pablito. Un hombre de unos 60 años y que, amablemente, nos ofreció sellarnos la credencial. Lo acompañamos a su casa donde nos estampó su sello en nuestra cartilla de peregrino. Y hablando con él, nos comentaba como el Camino ya no es lo que era. Me confirmaba lo que yo ya estaba percibiendo al decirme que la gente ya no se paraba en el pueblo. Que cuando los invitaba a su casa como a nosotros, lo primero que le decían era que si estaba muy lejos, que tenían prisa y no podían detenerse mucho tiempo. “Somos 50 vecinos en este pueblo, ¿tu crees que puede estar muy lejos mi casa? ¿qué prisa tenéis? Santiago aún queda muy lejos” me decía. Yo solo podía contestarle que tenía toda la razón del mundo.

Ahora ya en casa, sentado delante de mi ordenador, y con los pies descansando en cómodas zapatillas, extraigo algunas conclusiones.

Que el Camino está prostituido no hay ninguna duda. No lo digo yo solo, lo dice cualquiera que lo haya vivido mínimamente. Que el fin último no es el de antaño, el de seguir las estrellas, el del aprendizaje, el del juego de la Oca también es obvio.

Hoy en día, la meta es llegar a Santiago lo antes posible, recoger la Compostela y regresar a casa mostrando orgulloso a todo el mundo tu trofeo conseguido en tiempo record. Triste, pero cierto.

Por mi parte, y a pesar de lo que pueda parecer, no todo es negativo. Me quedo con el trato de algunos hospitaleros. Gente que de verdad siente el espíritu del Camino. Me quedo con sus pueblos, auténticos museos y testigos supervivientes de la historia. Y me quedo con lo que me queda. Porque como he dicho al principio, me queda llegar a Santiago, y con ello un cúmulo de experiencias más, positivas y negativas, pero no por ello voy a cerrarme en banda a sacar unas conclusiones definitivas de algo que no está concluido aún.

Lo que me temo que no podré quitarme de encima una vez vuelva, será la sensación de que estoy en una cursa. Sólo espero no oír una voz que me diga aquello de: Corre Forest! Corre!!

Y corrí, y corrí hasta…. Finisterre! Porque señores, el Camino acaba en Finis Terrae, el fin del mundo. Al fin y al cabo, el Camino de Santiago es la apropiación que el cristianismo hizo del antiguo Camino Pagano. Pero esa ya es otra historia.